La sala de espera estaba sola, inmersa en un silencio que aturdía e iluminada por focos de intensa luz blanca que impedían a la luz de la luna colarse por las ventanas. Cuatro sofás de piel sintética rodeaban una mesa sobre la cual había revistas faranduleras y un florero con claveles artificiales.

Valiéndome de la capacidad de la retórica para dar vida a objetos inertes me gustaría describir la actitud de esos sofás. Al igual que una venus  atrapamoscas espera a que un desprevenido insecto se pose en sus hojas traicioneras, los sofás esperaban a que un desdichado ser humano se sentara en su piel sintética. Se sentía en el ambiente un aire de complicidad entre ellos, como si aguardaran serena y concienzudamente las lágrimas que inundarían la sala de espera.

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